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Almacen
de
la
Vida
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"Una experiencia
para poner los pelos de punta" Como hija única de padres que me adoraban, crecí creyendo que la vida era buena. En especial cuando mamá lavaba mis largos cabellos negros. ¡Me encantaba, porque siempre me rascaba con fuerza!. Pero un día en particular, un enorme mechón de cabellos quedó, con gran espanto de su parte, en las manos de mi madre. Pensó que había hecho algo mal. No sospechábamos que era el comienzo de una odisea de nueve años. A lo largo de los seis años siguientes, perdí grandes cantidades de cabello y siempre estaba tratando de ocultar a los demás esas zonas peladas de mi cabeza. Ninguno de los médicos acertaba con el motivo. Se barajaron muchas teorías: alergias, deficiencia vitamínica, estrés carencia de hormonas, etc. Hasta me llevaron al Hospital de Niños para una batería de exámenes, donde me pusieron frente a doscientos estudiantes de medicina para discutir mi caso. Junto con las muchas teorías investigadas, también intentamos numerosos remedios: inyecciones de cortisona en el cuero cabelludo, masajes cotidianos, megadosis de vitaminas y aceites y cremas, con el único resultado de que cada vez perdía más pelo. A los trece años estaba completamente calva, y por fin recurrí al uso de pelucas. Para una adolescente, eso era algo devastador. Los chicos me preguntaban si tenía alguna enfermedad contagiosa o si estaba por morirme. Que me llamaran "la hija de Kojak" o me preguntaran "¿Donde tienes el chupetin peladita?", tampoco era divertido. Pasaba por alto sus bromas o me reía con ellos, hasta que llegaba a casa y lloraba hasta sofocarme. La peor parte era que las pelucas no estaban hechas como ahora, de modo que resultaba evidente que la peluca no era mi cabello verdadero y la gente siempre le clavaba la mirada en lugar de mirarme a los ojos cuando hablaba. Por suerte, mi papá y mi mamá me enseñaron a levantar bien la cabeza y a darme cuenta de que había otros chicos con dolencias mucho peores. Pero como era una típica chica de trece años, muy activa en deportes y que quería andar saltando y corriendo como cualquier otra, la situación me llevó a vivir algunos momentos muy incómodos. El episodio más desafortunado de mi vida incluyó a David Lane. Estaba perdidamente enamorada de ese apuesto chico de quince años y cabello castaño, que era el hermano mayor de una de mis amigas de la parroquia. Las noches de domingo, los chicos del grupo nos reuníamos e íbamos a patinar en la pista local. Ansiábamos que llegara ese acontecimiento semanal, porque nuestros padres nos dejaban solos durante tres horas. Ese domingo en particular, el "iupi" se anunció media hora más temprano. Se trataba de un juego en el que tres chicos se tomaban de las manos mientras patinaban, y cuando se gritaba "iupi" todos tenían que cambiar de dirección. ¡Habia llegado el momento! Kimmi, David Lane y yo íbamos a patinar juntos. ¡Eso significaba tomarle la mano a David! Tenía palpitaciones de sólo pensarlo. A la tercera vez que gritaron "iupi", un patinador fuera de control vino de pronto derechito en dirección a mi, chocó con mi cabeza, y mi peluca salió volando, para detenerse a quince metros, en plena pista de patinaje. Me sentí absolutamente mortificada, de pie junto a David y él que miraba mi cabeza pelada. Toda la pista quedó inmóvil cuando una de mis amigas tomó la peluca y me la puso de nuevo en la cabeza. En el apuro, me la puso al revés, de manera que los largos rizos me colgaban delante de la nariz y tenía el flequillo sobre la nuca. ¡Un papelón!. De inmediato me rodearon todas mis amigas y me arrastraron al baño para que me la arreglara. Una vez en el baño, no hubo manera de sacarme de allí. No quería sentir las miradas y oír las preguntas o, peor aún, ver la repulsión de David Lane pintada en su cara. De inmediato tomé el telefono del baño y , en medio de febriles sollozos, le pedí a papá que viniera a buscarme. Hasta el día de hoy, papá dice que una de las cosas más duras que tuvo que hacer en su vida fue responderme: -No. Te lavas la cara, te acomodas el cabello y te vas a patinar el resto de la noche. ¡Me sentí completamente desesperada! Mi padre siempre habia sido mi héroe. ¿Por qué no venia a rescatarme? Media hora y tres llamados telefónicos llenos de ruegos más tarde, la respuesta fue la misma: -No, vuelves a salir y a patinar. En ese momento, cuando estaba llorando sentada en el piso del baño, apareció David Lane. Sencillamente entró patinando en el baño de damas, me agarró la mano y me pidió que volviera a patinar. Me sequé la cara, levanté bien alta la cabeza y patiné el resto de la noche con el chico del que estaba enamorada. Unos meses después, un médico joven dijo que tenía "alopecia" (calvicie causada por una alergia a los productos químicos liberados por mis propios folículos pilosos). Como reacción alérgica, se me caia el pelo. El médico dijo que, cuando empezara a menstruar, mi estructura química cambiaría y lo más probable era que el cabello volviera a crecerme. Por fin un nombre para lo que ocurría y una causa lógica. Por cierto, a los dieciseis empecé a menstruar y el pelo empezó a crecerme. En seis meses, no tuve que usar más peluca. En la actualidad llevo mi cabello oscuro muy largo, hasta la cintura, para compensar todos esos años perdidos. Y, cuando le pregunté a mi marido qué fue lo primero que le llamó la atención en mí, me dijo con toda sinceridad: -Tu largo cabello oscuro. No he tenido contacto con David Lane desde hace más de quince años, pero si lee esto, quiero decirle a él tanto como a mi papá: -Gracias. La actitud de ustedes con una niña calva de trece años transformó un incidente tremendo en un recuerdo de afecto y amor. Debbie Roos- Preston Somos parte de una sociedad que discrimina y muchas veces lastimamos con la mirada, con nuestras acotaciones, con nuestra censura a otras personas que no responden al modelo creado en la actualidad... ¿Creado por quién? La obesidad, la calvicie, el no ser dueño de un cuerpo perfecto y otras tantas cosas más, lleva a muchos a sentirse marginados, y en lugar de cambiar actitudes y ser mejores marcamos los defectos de los otros sintiendonos jueces y creyendonos perfectos... Entonces la persona que sufre algun problema y que estéticamente no responde al modelito de las revistas se esconde, llora, no quiere exponerse, se encierra en sí misma y pierde lo más importante: sus ganas de vivir. Tendríamos que darnos cuenta que lo más importante que una persona puede dar es su amor, su comprensión y su apoyo. Esos valores son los que cuentan, más que las cuestiones estéticas, culturales o académicas. Después de todo, a esta altura de la vida, valoro a las personas por el afecto que me brindan y por su honestidad, más que por lo bien que se visten, o por cómo conocen de ciencias, o por el largo de su pelo o el tamaño de su nariz. Y sé, y tengo pleno convencimiento de ello... que estoy en lo correcto. Graciela De Filippis
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